Mariel
El aire dentro de la cámara pesa mucho, siento que me vuelvo pequeña en este lugar. Huele a tierra vieja, a piedra húmeda y a fuego encendido.
Sasha me observa desde el borde del círculo, con las manos cubiertas de yesca y símbolos trazados en su piel. No habla, solo asiente cuando me acerco al monolito.
—Hoy no harás ningún movimiento —dice, finalmente—. Hoy solo escuchas.
Asiento lentamente, esperando alguna indicación más. El monolito respira. Lo juro. La piedra tiene pulsaciones, com