Ese era el final. Lo supo con certeza cuando llegó a la mansión Bianchi y subió los escalones de dos en dos, jadeando en la cima. De alguna forma, la casa comenzaba a sentirse ajena, un sitio donde ya no podía permanecer un segundo más.
—Señora… —la detuvo Martha antes de que lograra entrar en la habitación de su hija—. La niña duerme. No sé bien qué sucedió en la fiesta, pero estaba muy alterada y tuve que prepararle un té de tilo para que se calmara. Se lo tomó todo y cayó rendida hace apenas