Desde que Luna salió del colegio, sintió que algo en su cuerpo era diferente, pero no sabía describirlo. No sabía explicar la sensación.
Sus piernas pesaban y el brazo donde le había picado la abeja punzaba sin parar. Claramente, no estaba acostumbrada a las picaduras de insectos; siempre tan resguardada, siempre sin exponerse, temía la idea de decir algo. ¿Y si le explicaba a su madre que todo fue por culpa de una abeja y ya no le dejaba jugar más en el jardín? No, no quería que le prohibieran