El corazón de Julieta se intranquilizó al instante. Sabía que él no era tonto, pero no pensó que sería tan insistente.
—Xander, deberías creer —habló con calma, como si no tuviera nada que temer—. Mira lo que está pasando. Mi hija está a punto de morir, pero ahora tú estás aquí para salvarla. Sin duda es un milagro, ¿no deberíamos agradecer en lugar de estar cuestionándolo?
Él sacudió la cabeza, renuente.
—Tú y yo, ¿alguna vez…? —La miró fijamente. La pregunta era clara. Pero la mente de él par