De alguna forma, Julieta sentía que tenía la aguja de un reloj girando en su cabeza. El sonido martillante del tic-tac no le daba espacio para pensar. Solo sabía que la vida de su hija estaba en riesgo y solo había una manera de salvarla.
Cerró los ojos con fuerza, reconfortándose por un segundo en el abrazo del hombre que acababa de llegar.
—¿Qué pasó? —preguntó él sin dejar de mirar hacia la cama. Su voz baja y cargada de preocupación—. ¿Qué tiene?
—Es su médula ósea —logró decir entre solloz