Victoria entró en el hospital a grandes zancadas. Tenía el rostro marcado por la preocupación y una mano empuñada. El colmo de todo para ella fue encontrarse con esa mujer en la sala de espera, sola, limpiándose las lágrimas de mosca muerta. ¿Cómo se atrevía a llorar y a simular que le importaba el estado de su hijo, siendo la principal causante de todo esto?
—Tú… —se acercó, deseando levantarla de esa silla de una bofetada—. ¡¿Qué diablos haces aquí?! ¡¿Por qué no te largas?!
La muy cínica se