Julieta sintió que su visión se tornaba borrosa y su cabeza palpitaba de dolor. ¿Este maldito día no acabaría nunca? ¿Qué vendría después?
—Evans… —advirtió, sintiendo la jaqueca incrementarse—. No es momento para esto.
—Me parece que es todo lo contrario. Es la oportunidad perfecta para confesar.
—¡¿Qué más quieres?! —La tomó del brazo, jalándola lejos de la puerta—. Te he dado todo el dinero que me has pedido. ¡¿Qué... más... quieres?!
—Esto no se trata de usted y de su dinero, señora —escupi