Las uñas de Carlotta se clavaron en su barbilla y sus ojos se encontraron fijamente, sin ningún tipo de impedimento. Las pupilas de esa mujer resaltaban con una intensidad enfermiza, proyectando una furia que no parecía venir de este mundo, sino de un lugar oscuro y sin retorno.
—Las mataré... —susurró, con los labios temblando—. Las perras. Todas. Muertas... todas ellas. Ahora. ¡Ahora mismo!
Pero eso fue suficiente. Julieta no pensaba soportar más. Sujetó la muñeca de Carlotta y apretó el hues