Mundo ficciónIniciar sesiónAARON
—¡Esto es una basura, Sebastián! —grité, lanzando un catálogo de perfiles de herederas elegibles sobre la mesa—. Todas son iguales. Vacías, interesadas o tan aburridas que prefiero entregarle las llaves del Grupo a mi primo George antes de pasar una semana casado con alguna de ellas.
Sebastián, que estaba recargado contra el bar de la oficina con un whisky en la mano, soltó una carcajada burlona mientras se agachaba para recoger una de las fotografías.
—Vamos, Aarón. No seas tan dramático, Victoria Harrison tiene una maestría en finanzas y un árbol genealógico que haría que tu abuelo Mateo se pusiera a llorar de la emoción. Es la candidata lógica.
—Habla como si estuviera leyendo un manual de instrucciones —respondí, caminando de un lado a otro frente al ventanal—. Necesito a alguien con fuego, pero que a la vez sea tan impecable que el Consejo de Administración no pueda ni parpadear. Alguien que no parezca que esté conmigo por el dinero, sino que me dé estatus por el simple hecho de estar a su lado.
Me sentí acorralado, el reloj en mi pared parecía latir, recordándome que cada segundo que pasaba era un segundo menos que me quedaba como CEO de mi propio imperio. La presión del abuelo Mateo me estaba asfixiando; la idea de George sentado en mi escritorio, arruinando décadas de trabajo, me provocaba náuseas.
—Si rechazas a Charlotte y a Victoria, nos quedamos sin opciones reales en el círculo social —Sebastián suspiró, dejando su vaso—. Tal vez deberías considerar la idea del vientre de alquiler y aceptar que el viejo ganó esta ronda.
—Jamás —sentencié con los dientes apretados.
Frustrado, tomé el control remoto y encendí el televisor. Solo quería ruido, algo que distrajera mi mente del desastre que se avecinaba, pero en cuanto la imagen se estabilizó, me quedé congelado.
Era el noticiero estelar, una mujer dominaba la pantalla. No era solo su belleza, aunque era delgada y perfilada; era su presencia. Tenía una mirada fría, unos ojos que parecían atravesar la lente de la cámara y juzgar a todo el país. Su voz era profunda, clara, con una elegancia que hacía que incluso las noticias más terribles sonaran hermosas.
— ¿Quién es ella? —pregunté sin apartar los ojos de la pantalla. Sentí una descarga eléctrica recorriéndome la columna.
Sebastián se acercó, tornando los ojos hacia el televisor.
—¿Vives debajo de una piedra o qué? Es Amelia Knox. La estrella del canal nacional. La llaman La mujer de hielo.
—Es espectacular —murmuré. Ella estaba despidiendo el segmento, mirando fijamente a la cámara con una seguridad que me resultó increíblemente excitante. No había ni un rastro de duda en su rostro, ni una grieta en su armadura—. Mírala, Sebas, esa clase no se compra. Esa mirada intimida hasta al más valiente. Ya encontré a mi candidata.
Sebastián soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta con su bebida.
—¿Te volviste loco, Aaron? ¿Amelia Knox? Olvídalo. Esa mujer es hermética. No concede entrevistas personales, no va a fiestas y su vida privada es un búnker de acero. Se dice que odia a los hombres; De hecho, no se le ha relacionado con nadie en años, incluso hay rumores en los tabloides de que es gay o que simplemente es una misántropa de primera categoría.
—Me importa un pito lo que dicen los rumores —respondí, girándome hacia él con una sonrisa depredadora—. Esa es la mujer que necesito. Si el Consejo la ve a mi lado, pensarán que finalmente encontré a mi igual. Su reputación es ciega, si ella acepta un contrato conmigo, George está muerto y enterrado.
—Aaron, escúchame bien: ella no es una de tus modelos de pasarela —Sebastián dejó de reír y se puso serio—. Es una profesional del más alto nivel. Te va a escupir en la cara antes de dejar que te acercas a ella, no cae con diamantes ni con coches deportivos.
—Eso es porque no se ha topado conmigo —sentencié, sintiendo que mi ego se inflaba con el desafío. La idea de derretir a esa mujer de hielo me resultaba más atractiva que conservar la misma empresa—. Llama a la televisión ahora mismo, consígueme una entrevista con ella para mañana.
— ¿Una entrevista? ¿De qué vas a hablar con ella?
—Diles que el Grupo Kane va a dar una exclusiva sobre la nueva expansión europea, pero pon una condición inamovible: solo hablaré con Amelia Knox. En vivo o en privado, me da igual, pero la quiero enfrente de mí.
—Aaron, vas a hacer el ridículo —insistió Sebastián, sacando su teléfono con resignación—. Te va a batear frente a todo Londres.
—No lo hará —dije, ajustándome la corbata mientras volvía a mirar la imagen congelada de Amelia en la pantalla—. Caerá como todas, una vez que la tenga enfrente le propondré el contrato de matrimonio. Ninguna mujer se resiste al poder y la seguridad que yo ofrezco. Y de paso, aprovecharé para probarla... se ve exquisita, quiero ver qué hay debajo de toda esa frialdad.
—Eres un arrogante de m****a —murmuró Sebastián mientras empezaba a marcar—. Pero supongo que esa arrogancia es lo único que puede salvarnos ahora.
—Se llama confianza —corregí, sirviéndome un trago para celebrar—. Mi instinto nunca falla, esa mujer tiene algo que me atrae de una forma que no puedo explicar y voy a descubrir qué es, teniéndola entre mis manos.
Me senté en mi sillón. Amelia Knox no tenía idea de que acababa de convertirse en la pieza central de mi supervivencia, mañana mismo le demostraría que no hay muro de hielo que un Kane no pueda derretir y que su soltería está a punto de terminar por un precio que no podrá rechazar.
—Diles que yo mismo iré al estudio si es necesario —ordené mientras Sebastián esperaba a que le contestaran—. Y asegúrate de que sepan que no aceptaré a nadie más que a ella. El tiempo corre y yo ya elegí a mi reina.







