CAPITULO 6

AARON

Abrí los ojos con esfuerzo y la luz que se filtraba por los ventanales de mi suite me lastimó los ojos. A mi lado, una rubia cuya existencia no recordaba hasta este segundo dormía profundamente, con el brazo cruzado sobre mi pecho. Ni siquiera sabía su nombre. Intenté zafarme con cuidado para buscar un vaso de agua, pero el estruendo de la puerta de mi habitación abriéndose de golpe me hizo saltar, mandando la resaca directamente a mi garganta.

—¡Arriba, Aaron! ¡Fuera de esa cama ahora mismo! —la voz de mi abuelo, Mateo Kane.

Me senté de golpe, cubriéndome apenas con la sábana mientras la rubia despertaba de un salto, soltando un grito de sorpresa. Mateo estaba al pie de la cama, impecable en su traje gris, con el bastón golpeando la alfombra con furia.

—¡Abuelo! ¿Qué demonios haces aquí a esta hora? —gruñí, frotándome las sienes.

—Son las diez de la mañana y los tabloides ya tienen tres fotos tuyas saliendo cargado de ese antro —espetó Mateo, ignorando por completo a la chica, que se apresuraba a recoger su ropa del suelo—. ¡Se acabó, Aaron! He tenido paciencia, te he dado advertencias, te he rogado que cuides la imagen de esta familia, pero ya llegué a mi límite.

—No es para tanto —balbuceé, sintiendo que el mundo me daba vueltas—. Solo fue una noche de copas con Sebastián. Los números del Grupo están mejor que nunca abuelo, soy el CEO que más ganancias ha generado en la historia de los Kane.

—¡Me importan un bledo tus números si tu comportamiento nos arrastra al lodo! —rugió Mateo, dando un paso hacia delante—. El Consejo de Administración está harto. Creen que nunca vas a madurar, que el Grupo Kane está en manos de un adolescente con hormonas alborotadas, necesitamos estabilidad, necesitamos un heredero.

—¿Un heredero? Tengo treinta años, no estoy muerto —repliqué, poniéndome de pie y buscando mis pantalones, ignorando mi propia desnudez.

—Tienes treinta días —sentenció Mateo con una frialdad que me bajó la borrachera de golpe—. He modificado mi testamento esta misma mañana. Si en un mes no has elegido a una mujer formal, no has sentado cabeza y no anuncias un compromiso serio, el control total del Grupo Kane pasará a manos de tu primo George.

Me quedé helado, con el pantalón a medio subir.

—¿George? —solté una carcajada amarga—. ¡George es un imbécil! Lo único que sabe hacer es gastar el dinero en apuestas y caballos. Con él al mando, el imperio que tú y yo construimos se irá a la ruina en menos de un año, no puedes hablar en serio.

—Hablo tan en serio como que el apoderado legal ya registró los cambios —Mateo me miró con una determinación fría—. George es un inútil, sí, pero es un inútil que sigue órdenes y que ya aceptó casarse con la hija de los Harrison, él me dará la estabilidad pública que tú te niegas a darme.

—¡Es un chantaje, abuelo! —grité, sintiendo la furia subir por mi pecho.

—Es una medida de emergencia —cortó él—. Y eso no es todo. Como parece que no tienes intención de formar una familia por los métodos tradicionales, tienes una cita en la clínica de fertilidad. Vas a hacerte un chequeo completo y vas a dejar una muestra para congelar. Si no te casas, usaremos esa muestra para rentar un vientre. El linaje Kane continuará contigo o sin tu cooperación activa, pero no dejaré que este imperio se disuelva porque prefieres acostarte con cada modelo que se te cruza.

Me quedé sin palabras, la humillación de ser tratado como un semental de exhibición me quemaba por dentro.

—Vístete. —añadió Mateo, dándose la vuelta—. Treinta días, Aaron. Ni un minuto más.

Mi abuelo salió de la habitación con la misma fuerza con la que entró. Me giré hacia la rubia, que me miraba con los ojos como platos desde la puerta del baño.

—¡Lárgate! ¡Fuera de aquí! —le grité, incapaz de controlar mi rabia.

Ella no esperó a que se lo dijera dos veces, tomó sus tacones y salió corriendo. Me vestí en un estado de trance furioso, sintiendo que las paredes de mi propia vida se cerraban sobre mí. Treinta días, el viejo realmente me había puesto un arma en la cabeza.

Llegué a la oficina de la Torre Kane media hora después, ignorando los saludos de mi secretaria y cerrando la puerta de mi despacho. Sebastián estaba sentado en mi sillón, revisando unos informes, pero se puso de pie en cuanto vio mi cara.

—Vaya, pareces un tren a punto de descarrilar —dijo Sebastián, soltando una risita que se cortó en seco al ver mi expresión—. ¿Qué pasó? ¿La resaca te está matando?

—Mateo estuvo en mi casa —solté, dejándome caer en la silla y golpeando el escritorio—. Me puso un ultimátum, treinta días para casarme o George se queda con el Grupo Kane. ¡George! Ese idiota que no sabe ni leer un balance de resultados.

Sebastián se quedó callado por un segundo, procesando la información. Se sentó frente a mí y suspiró.

—Te lo dije, hermano. Te advertí que el viejo no estaba jugando esta vez. Lo de la fiesta de anoche debió ser la gota que derramó el vaso, Mateo tiene casi ochenta años, no tiene tiempo para esperar a que te canses de las modelos de lencería.

—¡Me mandó a una clínica de fertilidad! —rugí, sintiendo que la cara me ardía—. Quiere que congele esperma para usarlo en un vientre de alquiler si no me caso. Me está tratando como a un maldito producto de catálogo.

—Es un jaque mate de manual —murmuró Sebastián, rascándose la nuca—. Si pierdes la empresa, George la hundirá y tú te quedarás sin nada. ¿Qué piensas hacer?

—No lo sé —confesé, pasándome las manos por el cabello—. No voy a casarme con Charlotte. Es una buena chica, pero me moriría de aburrimiento antes de la primera semana. Pero tampoco puedo dejar que George destruya mi herencia.

—Entonces necesitas a alguien más —Sebastián se inclinó hacia delante, bajando la voz—. Si no quieres a Charlotte, tienes que buscar a otra candidata, pero tienes que ser alguien que impresione a tu abuelo y al Consejo. Alguien con una imagen tan potente que Mateo no pueda decir que no y la necesitas urgente, Aaron.

—¿Y de dónde voy a sacar a una mujer así en treinta días? —pregunté con amargura—. Todas las que conozco son para una noche, no para salvar un imperio.

—Pues empieza a buscar —respondió mi amigo con seriedad—. Porque esta vez, si no sientas cabeza, George se va a sentar en tu silla y tú vas a terminar viendo cómo el imperio Kane se desmorona desde la banqueta.

Me quedé mirando el ventanal de mi oficina. La ciudad de Londres se extendía bajo mis pies, pero por primera vez, no sentía que me pertenecía. Mi abuelo me había acorralado y George estaba acechando en las sombras, esperando mi caída. Necesitaba una mujer de acero, alguien capaz de fingir una perfección que convenciera al viejo Mateo. Pero en mi mundo de excesos y falsedades, encontrar a alguien así parecía una misión imposible.

—Treinta días —susurré para mí mismo, sintiendo el peso del tiempo—. Treinta días para encontrar a la mujer que me salve el cuello.

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