CHAD
El silencio se alargó en la recámara. Dentro del bolsillo, el teléfono seguía grabando. Tenía el puño cerrado y las uñas marcadas en la palma, pero no recordaba en qué momento había apretado la mano.
Esperé que mi madre se retractara. Que dijera que solo quería lastimar a Lucas o que había hablado por rabia. No lo hizo. Se quedó inmóvil frente a mí, sosteniéndome la mirada.
—¿Por qué? —pregunté.
—No necesitas saber más, Chad —respondió, girándose hacia la salida—. Es un asunto del pasado.