CAPITULO 128

AMELIA

Aarón sonrió al escuchar el auto de su abuelo estacionarse afuera, porque Mateo había exigido por teléfono que el niño estuviera despierto para recibirlo y Alexander llevaba media hora profundamente dormido.

El abuelo entró a la estancia apoyándose en su bastón, tratando de mantener esa postura erguida que tanto lo caracterizaba. Miró la cuna con indiferencia fingida.

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