CAPITULO 8

AMELIA

—No lo voy a hacer, Richard. Búscate a cualquiera de la sección de sociales, ellos estarán encantados de lamerle las botas a un tipo como él —dije, arrojando la carpeta con el perfil de Aaron Kane sobre el escritorio de mi jefe.

Richard soltó un suspiro cargado de estrés, frotándose las sienes mientras yo miraba por encima de sus anteojos.

—Amelia, no es una petición. Es una orden —respondió con voz ronca—. Aaron Kane no da entrevistas nunca. El Grupo Kane es una fortaleza mediática y de pronto, el CEO decide que quiere hablar y que solo quiere hablar contigo. ¿Tienes idea de lo que eso significa para nuestra calificación?

—Significa que vamos a alimentar el ego de un arrogante y engreído que cree que el mundo es su patio de juegos —espeté, cruzándome de brazos—. Ese hombre no aporta nada de valor a un noticiero serio. Sus parrandas son material de tabloide, no de periodismo nacional.

—Ese engreído representa a la corporación que mueve la mitad de los hilos financieros de este país —Richard se puso de pie, apoyando las manos en el escritorio—. Él paga publicidad, él genera empleos y en este momento, él manda porque nosotros necesitamos esa exclusiva. Así que te aguantas, te pones tu mejor cara de mujer de hielo y lo entrevistas. No me obligues a recordarte quién firma tu cheque, Amelia.

Salí de la oficina echando chispas. El pasado que tanto me había costado enterrar estaba golpeando mi puerta con el rostro de la persona que más odiaba, él era el hombre que me rompió la última pizca de dignidad.

—¿Estás bien? —Olivia entró y cerró la puerta. Ella sabía exactamente quién era el invitado de hoy.

—Va a venir aquí, Oli. Va a sentarse frente a mí y tengo que actuar como si fuera un maldito desconocido —susurré, apretando los puños.

—Él no tiene idea de quién eres, Amelia. Para él eres la estrella del canal, usa eso. Mantenlo a raya con tu inteligencia, hazlo pedazos profesionalmente si es necesario.

Minutos después, estaba en el set. Entonces lo vi entrar, caminaba como si fuera el dueño del edificio, con un traje hecho a medida que gritaba opulencia y esa sonrisa de suficiencia que me revolvió el estómago. Se detuvo frente a mí y sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo con una intensidad que pretendía ser seductora.

—Vaya... las cámaras no le hacen justicia, señorita Knox —dijo, extendiendo su mano con una confianza depredadora—. Es usted mucho más exquisita en persona.

Sentí una náusea violenta, pero no permití que mi rostro se moviera ni un milímetro. Le di la mano con la firmeza de la mujer de hielo.

—Señor Kane. Agradecería que mantuviéramos esto en el ámbito profesional —respondí con una voz tan cortante que el técnico de sonido hizo una mueca—. Tenemos un horario que cumplir, siéntese por favor.

Aaron enarcó una ceja, claramente sorprendido por mi frialdad. Estaba acostumbrado a que las mujeres se derritieran a su paso, no a que lo trataran como a un trámite molesto. Se sentó, acomodándose con una elegancia perezosa.

—En cinco, cuatro, tres... —el conteo terminó y la luz roja se encendió.

—Buenas noches, hoy nos acompaña en exclusiva Aaron Kane, CEO del Grupo Kane —inicié, mirando directamente a la cámara—. Señor Kane, se habla de una expansión agresiva en Europa, pero muchos analistas sugieren que es solo una cortina de humo para ocultar la inestabilidad interna del Consejo. ¿Qué tiene que decir al respecto?

Aaron sonriendo, inclinándose un poco hacia adelante.

—Una pregunta directa para empezar, me gusta. El Grupo Kane está más sólido que nunca, los números no mienten, aunque entiendo que para algunos sea más divertido especular sobre inestabilidad que aceptar un éxito rotundo.

—El éxito es relativo cuando la imagen pública del liderazgo se ve cuestionada semana tras semana en las secciones de chismes —ataqué, sin apartar la vista de sus ojos—. ¿Cree usted que un inversor serio confía en un CEO que parece más interesado en la vida nocturna que en las juntas de accionistas?

Él no perdió la compostura, aunque vi un destello de irritación en su mirada.

—Los inversores confiaron en los resultados y mis resultados son impecables —replicó él, con voz suave pero firme—. Quizás lo que Londres necesita es menos juicio moral y más visión de negocios. ¿O es que el periodismo ahora se dedica a la ética personal?

—El periodismo se dedica a la verdad y la verdad es que su reputación es un activo o un pasivo para su empresa —respondí de inmediato—. Pasemos a la cláusula de sucesión...

La entrevista fue un campo de batalla, cada pregunta incómoda que yo lanzaba, él la devolvía con un carisma que rozaba la insolencia. Era un duelo de voluntades. Yo quería humillarlo profesionalmente, recordarle indirectamente que no era el dios que creía ser y él intentaba desarmarme con sus puntos de don Juan cada vez que las cámaras no lo enfocaban directamente.

—Corté, estamos fuera del aire —anunció el director.

Me levanté de inmediato, recogiendo mis notas con manos mecánicas. No quería pasar ni un segundo más cerca de su aroma, de su presencia que me recordaba a la habitación 502 y a los quinientos dólares sobre la cama.

—Fue un placer, señor Kane. Richard lo acompañará a la salida —dije, dándole la espalda.

—Espera, Amelia —su voz me detuvo antes de que pudiera bajar del set. Me giró levemente el brazo—. Ha sido la entrevista más fascinante y... estimulante que he tenido en años. Me gustaría continuar esta charla de una forma más relajada. ¿Cenamos esta noche?

Lo miré a los ojos, en su mirada había curiosidad, desafío y ese hambre que tienen los cazadores cuando encuentran una presa difícil.

—No —respondí secamente—. No ceno con mis entrevistados, señor Kane. Mi tiempo fuera de este estudio es muy valioso para desperdiciarlo en cortesías innecesarias.

—No sería una cortesía, sería un placer —insistió él, dando un paso hacia mi espacio personal, intentando usar su magnetismo para doblegarme—. Vamos, no me digas que la mujer de hielo le tiene miedo a una cena.

—Lo que me da es pereza, no miedo —sentencié con una sonrisa sarcástica que lo dejó mudo.

—¡Amelia! —Olivia llegó en ese momento, caminando con paso rápido—. Tienes una llamada urgente de la producción del próximo segmento. Señor Kane, lo siento, pero tenemos que llevárnosla.

—Claro —murmuró Aaron, sin dejar de mirarme.

Olivia me tomó del brazo y me sacó de ahí. Caminé por el pasillo sintiendo su mirada clavada en mi espalda, cuando estuvimos lejos, solté todo el aire que había estado reteniendo.

—Estuviste increíble —susurró Olivia—. Le cerraste la boca.

Aaron

Me quedé de pie en medio del set, observándola alejarse. Ninguna mujer me había hablado así en mi vida. Ninguna me había mirado con ese desprecio tan genuino, tan... profesional. Amelia Knox era una mezcla explosiva de belleza fría, inteligencia afilada y un sarcasmo que me había dejado descolocado.

—¿Aaron? El auto está listo —dijo Sebastian, acercándose con una expresión de duda—. ¿Cómo te fue? ¿Ya tienes el contrato en la bolsa?

—Me dijo que no —respondí, todavía mirando hacia donde ella había desaparecido.

—¿Qué? ¿La gran estrella te rechazó una cena? —Sebastián soltó una carcajada—. Te lo dije, esa mujer es de acero.

—No es solo acero, es algo más —dije, sintiendo que la sangre me hervía de una forma que no recordaba—. Es inteligente, es sarcástica y me rechazó sin pestañear.

Me acomodé el saco, sintiendo una chispa de emoción que no sentía hacía años. Mi ego estaba golpeado, sí, pero mi interés estaba por las nubes. Amelia Knox no era solo la candidata perfecta para salvar mi herencia; era la primera mujer que representaba un desafío real y yo nunca me rendía ante un desafío.

— ¿Qué piensas hacer? —preguntó Sebastián mientras caminábamos hacia la salida.

—Mañana enviaré flores y pasado mañana también. Ella cree que puede decirme que no, pero no sabe que lo único que hizo fue asegurar que no me detendré hasta tenerla sentada frente a mí. Me gusta su juego y voy a ganarlo.

Salí de la televisión con una sola idea en la cabeza. Ella era la elegida, Amelia Knox acababa de encender un fuego que no se apagaría fácilmente.

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