La noche se envolvía en un velo dorado mientras la brisa tibia de primavera se colaba por los ventanales abiertos de la mansión Cisneros. El aroma a pino encerado de los pisos recién lustrados se mezclaba con el perfume de rosas blancas dispuestas en jarrones de cristal, distribuidos con elegancia sobre la larga mesa del comedor. Luces cálidas colgaban en cascada desde la lámpara de araña, derramando un resplandor íntimo sobre los rostros de quienes esperaban con ansias la llegada del anfitrión