En el vestidor, Maritza se miró al espejo. El vapor empañaba el cristal, pero su reflejo aún mostraba el rubor en sus mejillas, el temblor leve en sus labios. Tocó su propio pecho, justo donde sentía que el corazón le latía con fuerza desordenada. Cerró los ojos.
—Esto no puede estar pasándome —murmuró para sí misma.
Pero sabía que ya estaba dentro. Hasta el fondo. El problema no era que Alan la besara. El problema era que ella no podía ni quería resistirse.
Minutos después, ambos salieron del