La mañana siguiente en la empresa. Las oficinas del piso ejecutivo estaban envueltas en un silencio sereno, casi respetuoso, como si todos los presentes supieran, sin saber cómo, que algo invisible flotaba en el aire, algo delicado, íntimo, imposible de nombrar sin romperlo.
El sonido de los tacones de Maritza sobre el piso fue lo único que interrumpió aquel ambiente contenido. Llevaba un pantalón negro de pinzas, una blusa blanca de seda que acentuaba la firmeza de su postura, y su cabello, e