La lluvia comenzó a caer con una cadencia suave, pero persistente, mojando los ventanales de la mansión Cisneros mientras las luces cálidas del interior contrastaban con el gris del exterior. El reloj marcaba las 7:04 p. m. cuando Alan y Maritza cruzaban la entrada principal, empapados de tensión más que de lluvia.
No esperó a que Maritza le ofreciera ayuda rodó la silla, directo hacia el ala oeste, donde se encontraba el despacho.
Cada sonido era amplificado por su nerviosismo: el eco de su si