El amanecer apenas comenzaba a pintar el cielo de tonos naranjas y rosados cuando el primer grito retumbó en el ala este de la mansión, quebrando la quietud como un cristal roto.
—¡No me mandes, joder! ¡Dije que no! —rugió Alan desde la cama, con la voz áspera por el cansancio, por la frustración, por el miedo escondido detrás de cada palabra.
—¡Y yo dije que te levantaré de esa maldita silla! —espetó Maritza, arrojando las sábanas al suelo con una furia medida, su paciencia al borde del colaps