Una semana. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas de dolor físico, de heridas viejas supurando en silencio, de orgullo escarbado hasta el hueso.
La habitación del gimnasio había sido testigo de gritos ahogados, lágrimas contenidas, y silencios que pesaban más que cualquier barra de metal. Alan había sobrevivido a cada terapia con los músculos adoloridos y el corazón aún más magullado.
Maritza lo exigía. Lo empujaba. Lo rompía. Y luego lo obligaba a reconstruirse.
Era su sombra constante. Sus