El reloj marcaba las 3:27 a.m. cuando el rugido del motor rompió el silencio en la entrada de la mansión. Las farolas apenas iluminaban el camino empedrado, y el auto de Maritza se detuvo bruscamente frente a la puerta principal. Sus ojos estaban enrojecidos, no de llanto, sino de pura ira contenida. Bajó del vehículo como una tempestad nocturna, con el cabello recogido de mala gana y los labios apretados en una línea tensa.
Las chicas del servicio, que dormían en el cuarto auxiliar, se despert