ALARIC
El aroma a madera y hierbas llenaba la casa de Ester, un refugio temporal que me quemaba la paciencia. Mi sangre hervía, mis puños estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos se volvían blancos. No soportaba estar aquí, oculto como un animal acorralado, mientras Charles y Vladir se apoderaban de todo lo que nos pertenecía.
Me levanté de la silla de un golpe, empujándola hacia atrás con brusquedad.
—¡No podemos seguir esperando! —le gruñí a Ester, que me observaba con su eterna cal