ALARIC
El motor del auto rugía suavemente en la oscuridad de la noche. Mis manos estaban firmes en el volante, pero mis pensamientos estaban en otra parte. Giré la cabeza y observé a Esther, recostada en el asiento del copiloto, su respiración era pausada, su pecho se elevaba y descendía con un ritmo tranquilo.
Pero su piel estaba pálida, su cabello oscuro caía desordenado sobre su rostro y aún había rastros de sangre en sus manos.
Cuando llegué a casa, Liana me lo contó todo. Esther ya sabía l