IGOR
El ardor no era lo peor. Lo peor era la mirada de Liana.
—No puedo creer lo tonto que eres —me dijo mientras presionaba una gasa contra mi herida, limpiando
Apreté los dientes, negándome a hacer una mueca de dolor. No iba a darle el gusto de verme quejarme.
—Fue necesario —dije con voz firme.
—¿Necesario? —bufó, rodando los ojos.
Antes de que pudiera responderle algo mordaz a Liana, la puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared con fuerza.
El aire en la habitación se volvió denso