—Te amo mi amor.
Un altar, flores blancas y una melodía suave. Alaric me mira con una intensidad que me hace estremecer mientras desliza un anillo en mi dedo.
Luego, un salto en el tiempo: su cuerpo desnudo sobre el mío, el calor de su piel fundiéndose con la mía en una noche que debería haber sido eterna.
Pero la visión se fractura con un grito desgarrador. No el mío. No el de Alaric. El llanto de un bebé.
—¡Igor! —mi voz lo llama, pero el niño corre, su risa infantil resonando en mis oídos