ELENA
El calor de los brazos de Alaric me envolvía, pero no había consuelo en ello. No podía creer lo que estaba sucediendo. ¿Cómo se atrevía a tocarme después de todo? ¿Después de todo lo que me había hecho?
—Suéltame, Alaric —exigí, mi voz temblando por la ira y la humillación.
Él no respondió. Sentía su respiración, controlada, como si nada en el mundo pudiera alterarlo. Pero su silencio era una respuesta que me enfurecía aún más. Sentí como ingresamos a la caso.
—Bájala. Ahora.
Dante apare