ELENA
El aire estaba cargado de un frío penetrante, pero no era nada comparado con la helada que sentía en mi interior. Liana me abrazó con fuerza antes de que me marchara, y el pequeño Igor, mi hijo, balbuceaba sonidos que aún no formaban palabras completas.
A pesar de mi ceguera, podía imaginar su rostro, esos ojos brillantes que siempre parecían buscarme, incluso cuando no podía devolverle la mirada.
—Prometo volver cada noche, Liana —le dije con firmeza mientras me agachaba para abrazar a