El odio en el amargo corazón de Kevin era también un sentimiento que crecía junto con la pasión ardiente que lo obligaba a desear a su exesposa.
Tenerla en sus brazos trajo una miríada de sensaciones. Por mucho que se negara a mostrarlo, estaba a merced del deseo.
«¿Por qué vine aquí?», se preguntó. «No puedo dejar que vea cómo me afecta». Quería explorar cada centímetro de su piel cálida y penetrarla vigorosamente, como lo hacía en los primeros meses de su matrimonio.
—¡Ah, a la mierda! —excla