Mundo ficciónIniciar sesiónEl odio en el amargo corazón de Kevin era también un sentimiento que crecía junto con la pasión ardiente que lo obligaba a desear a su exesposa.
Tenerla en sus brazos trajo una miríada de sensaciones. Por mucho que se negara a mostrarlo, estaba a merced del deseo. «¿Por qué vine aquí?», se preguntó. «No puedo dejar que vea cómo me afecta». Quería explorar cada centímetro de su piel cálida y penetrarla vigorosamente, como lo hacía en los primeros meses de su matrimonio. —¡Ah, a la m****a! —exclamó entre dientes. —¿Qué estás...? —Sus palabras fueron silenciadas por un beso. Los labios del señor Harrison se presionaron contra los de Justine, su lengua trazando lentamente su boca comprimida, pidiendo paso. Poco a poco, se dejó llevar por el mismo sentimiento que lo había alentado a casarse con la hija de su enemigo años atrás. Con la otra mano, tocó el colchón, sintiendo las sábanas floreadas y desordenadas. Manteniendo la compostura, ella tocó el rostro de Kevin. La barba del hombre rozó su palma mientras los dedos de Justine presionaban deliberadamente la herida en su mejilla, lo que hizo que su ex la soltara, dejándola caer sobre la cama. —¡Cazzo! —Él gruñó la maldición. Inoportunamente, las luces de la habitación se encendieron e iluminaron la expresión molesta del señor Harrison. —¿Cómo te atreves a entrar en mi habitación y besarme de esa manera? —Ella reunió el valor para confrontarlo. Jalando la toalla, Justine se la envolvió alrededor del cuerpo y se levantó de la cama antes de que su exesposo lo viera como una invitación al sexo. —Te vas a casar con Beatrice. ¿Es así como planeas jurarle fidelidad? Su risa ronca resonó en la habitación. Echó la cabeza hacia atrás mientras reía sarcásticamente. —¿Conté un chiste? —preguntó ella, indignada por la burla de su ex. —No tienes autoridad moral para hablar de fidelidad, Justine. —Yo no me acosté con otro hombre cuando estábamos casados... —¿Desde cuándo un espía es fiel? —Kevin enderezó sus hombros. Todavía con una mirada fría, observó a la mujer de espaldas, que se negaba a seguir discutiendo el pasado. Ella abrió la cómoda, donde recogió una chaqueta rosa y unos jeans. De pie en la otra esquina de la habitación, Kevin sintió odio no solo por el dolor que Justine le había causado en el pasado, sino también porque ella, aunque inconscientemente, conocía sus secretos y veía la pasión que aún sentía por su exesposa. Justine seguía fingiendo que rebuscaba en el cajón. Podía sentir los ojos de depredador examinándola con malicia, esperando el momento justo para atacar a su presa acorralada. —Te espero en el carro —gruñó antes de dirigirse a la salida. Apresurándose, caminó hacia la pequeña sala de estar. Quería mantener una distancia segura para recuperar el control sobre sus propias emociones. De camino a la puerta, su celular sonó. Kevin sacó su iPhone del bolsillo lateral y frunció el ceño. Al contestar la llamada, se llevó el teléfono al oído. —¿Qué pasa esta vez, Beatrice? —Sé que estás con ella. Cerrando los ojos con disgusto, dejó escapar un profundo suspiro. Uno de los guardias de seguridad había soltado la sopa. —Justine necesitaba que la llevara a casa. —¿Qué quieres decir, Kevin? —El grito de Beatrice fue tan fuerte que él se quitó el auricular del oído y sostuvo el teléfono más cerca de su oreja. —Tenía que recoger los documentos de mi hijo. —Y tú corriste detrás de ella como un perrito faldero. —Al otro lado de la línea, Beatrice continuó quejándose—. Sabes que era una espía peligrosa. Pudo haberte matado mientras dormías. —¡Basta! —replicó él en un tono autoritario. Desde el dormitorio, Justine escuchó el grito ronco de su exesposo. Mientras se ponía el abrigo y lo ajustaba a la cintura, dio pasos medidos hacia la puerta entreabierta. —Justine es la madre de mi hijo, y mientras Bryan esté en el hospital, la apoyaré en todo lo que pueda. —La voz profunda del señor Harrison enfatizó—. ¡Cuídate! —Terminó la llamada. Hubo un silencio repentino. De repente, Kevin miró hacia atrás. Asustada, Justine retrocedió hacia la pared. La mano de Justine golpeó un marco de fotos, que cayó al suelo. Manteniendo la compostura, Justine se agachó, recogió el marco, tocó la foto de ella y su hijo, y la colocó en la cómoda. Tan pronto como se dio la vuelta, se encontró cara a cara con el hombre que había abierto la puerta. —¿Me estabas espiando? —preguntó él rudamente. —¡No lo estaba! —Su voz flaqueó. —¡Deja de mentir! —Su voz sonó más áspera—. Te vi detrás de la puerta. Se miraron, y Justine vislumbró la rabia contenida en su expresión






