Eres muy atrevida

Indignada, Justine pasó junto al hombre alto y se dirigió directamente a la sala de estar, deteniéndose junto al teléfono.

—Si no sales de mi casa ahora mismo, llamaré a la policía.

—¿Por qué harías eso? —La frente de Kevin se arrugó.

—No te invité a mi casa.

—Sé que me escuchaste discutiendo con Beatrice por teléfono. Discutí con mi prometida por ser generoso al traerte aquí...

—¿Generoso? —Ella levantó las cejas al escucharlo—. Solo me estás siguiendo para reunir pruebas que te ayuden a obtener la custodia de mi hijo.

—Estoy seguro de que a Bryan le gustará más mi casa que este basurero. —Él levantó las manos mientras criticaba el ambiente.

—¡Vete! —Exasperada, Justine señaló la puerta.

—No me voy a ir. —Él sacó la barbilla desafiante—. Creo que voy a tomar fotos de este lugar y enviárselas a mi abogado. —Después de agarrar su celular, apuntó la cámara a la ventana rota.

—Juro que encontraré un reportero y les contaré todos tus pequeños y sucios secretos aquí en Italia...

—No puedes hacer eso...

—No me importas tú ni esa perra de Beatrice. —Finalmente, ella dijo todo lo que había estado conteniendo durante los últimos días.

—¡Respeta a mi prometida! —Kevin levantó la voz.

—De la misma manera que la respetaste cuando robaste un beso en mi habitación. ¿Qué pensaría ella de eso, eh, señor Harrison?

—Ay, Justine, si fueras hombre, acabaría contigo con mis propias manos —dijo, apretando los puños.

—Si me tocas, le diré todo a la prensa.

—¡Eres muy atrevida! —Bajando su celular, Kevin entrecerró los ojos—. Continúas enfrentándome a pesar de que sabes de lo que soy capaz.

—Quieres ir a la corte a mostrar mi casa, pues ve... Allí podemos revelar todo. —Ella guiñó un ojo.

Las suelas de los mocasines del señor Harrison golpearon el suelo mientras él se acercaba a ella.

—Sabes que puedo hacer cosas peores, ¿no es así? —Él le agarró la barbilla y dijo.

Plantando los pies en el suelo, Justine se quedó quieta, tratando de mantenerse firme para no mostrar el escalofrío que recorrió su columna vertebral cuando fue amenazada.

—¿Estás lista? —preguntó Kevin con indiferencia mientras se alejaba.

—¡No! —Cruzando los brazos, ella desvió el rostro de su exesposo—. Voy a buscar un poco de agua y los documentos de Bryan.

—¿Qué tal si usas tus modales y me ofreces un poco de té o incluso café?

—No eres bienvenido aquí, señor Harrison —replicó ella sin vergüenza.

—Te esperaré en el carro. —Kevin puso su iPhone en el bolsillo—. No tardes.

Justine se encogió de hombros con indiferencia mientras él se iba. Sus piernas temblaron con cada paso que daba hacia el sillón donde se sentó.

En los últimos días, ella había estado descansando entre siestas y apenas comiendo. De pie, fue al armario de la cocina y sacó una barra de cereal de banano, la cual mordió y masticó lentamente. Tocando el vaso, abrió el grifo y lo colocó bajo el agua. Su mano tembló mientras tomaba un gran sorbo del líquido incoloro. Tenía que calmarse después de una peligrosa confrontación con el CEO.

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Justine terminó de revisar los documentos de traslado de Bryan a otro hospital y los firmó. Con un suspiro agotado, se dirigió a la habitación de su hijo. Las luces estaban tenues y la habitación estaba más tranquila de lo que a ella le hubiera gustado. El pequeño Bryan estaba acostado en la cama, rodeado de tubos y alambres.

Ella se acomodó en el incómodo sillón y permaneció en un estado de vigilia, alternando entre la conciencia y el sueño. Cerraba los ojos por un momento y los abría rápidamente cuando sentía un escalofrío inesperado.

En un momento, ella entrecerró los párpados y abrió los ojos. Esta vez, se encontró con la silueta de un hombre alto de pie junto a la cama. Justine se puso rígida. Su corazón comenzó a latir erráticamente, una sensación de pánico la abrumó y se llevó la mano al pecho, tratando de calmar el frenético latido.

—El helicóptero ha llegado —la voz familiar de Kevin rompió el silencio—. Pero no nos iremos de aquí por ahora.

—¿Por qué? —preguntó ella adormilada.

—La tormenta no ha cedido, es peligroso despegar en estas condiciones climáticas —explicó en un aterciopelado tono barítono, como si temiera perturbar el frágil estado de Bryan.

Justine luchó por levantarse. El cárdigan marrón que llevaba no parecía hacer justicia al frío que sentía. El abrigo debajo no era suficiente para calentarla.

—¿Quién lo cubrió con esa manta? —preguntó cuando vio la manta azul de Superman cubriendo a su hijo.

—Yo lo hice —murmuró Kevin en respuesta, mirando fijamente a Bryan—. Hace mucho frío en esta habitación, y las sábanas del hospital no lo estaban manteniendo abrigado.

Por un momento, Justine vio más allá de la fachada de su exesposo, dándose cuenta de que él parecía preocuparse por el bienestar de su hijo. Incluso con toda la arrogancia que el señor Harrison siempre había mostrado, él estaba tratando de marcar una diferencia.

—Necesitas dormir un poco —sugirió Kevin, mirando directamente a los ojos dorados de Justine.

—No voy a ir a casa ahora —ella negó con la cabeza.

—Deberías quedarte en un hotel cerca del hospital. —Su tono ronco era suave, casi persuasivo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa contenida. ¿Cómo pagaría ese hotel? Apenas tenía suficiente dinero para cubrir los costos del hospital privado de Bryan. Era un lujo que no podía permitirse.

—No te preocupes por los gastos del hotel, yo me encargaré de todo —replicó Kevin como si hubiera escuchado sus pensamientos.

Justine lo miró con recelo. Su repentino altruismo lo hacía aún más enigmático.

«¿Por qué está haciendo esto?», la pregunta resonó en su mente, y ella no pudo encontrar una respuesta clara. Toda esa benevolencia contrastaba con la frialdad de Kevin Harrison Giordano.

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