Mundo ficciónIniciar sesiónMoviendo los labios, Kevin pensó en replicarle a su exmujer, pero desistió. Simplemente se volteó y se acercó a la cama.
—Yo también quiero mucho ir a Francia —comentó Kevin con el niño. —Quiero mucho ir a París, dar un paseo por Euro Disney. ¿Quiere ir? —¡Sí! —respondió Bryan, animado. —No, tú no vas a ir, Bryan —Justine se entrometió. —¿Por qué, mami? —indagó el niñito, haciendo pucheros. —Aún te estás recuperando. —La herida en mi cabeza está mejor, mami —dijo Bryan. —Hace unas horas, usted iba para Francia, ¿no entiendo por qué desistió? —alegó Kevin en un tono crítico. Justine suspiró, absorbiendo el aire fresco que entraba por la ventana abierta. Si se quedaba en aquella ciudad, Andrew no escatimaría recursos para atormentarla. —¡Vamos, mami, por favor! —Bryan insistió. —Lo voy a pensar, hijo. Mientras el niño jugaba con el padre, Justine se quedó admirando la escena. Durante los últimos años, ella no imaginó que, un día, su hijo conocería a su papá. Más tarde, Kevin estaba leyendo una revista de cómics con Bryan cuando los párpados del niño comenzaron a pesar hasta que se durmió. Viendo eso, Justine se acercó más sin decir nada y haló la cobija, cubriendo al niño. Ella sintió la mirada de su exmarido observándola, pero pensó que era mejor mantenerse alejada. Cerca de las siete de la noche, la puerta se abrió despacio y uno de los guardias apareció por una rendija. —Jefe, hay una señora que dice conocer a Justine y a Bryan. ¿Puedo dejarla entrar? —Espere —pidió Justine, escaldada. —¡Es aquella señora que cuidaba a Bryan en la unidad habitacional! —respondió Kevin, mirando fijamente a su exmujer. —¿Señora Laura? —indagó Justine, abriendo los ojos para asegurarse. Moviendo la cabeza en concordancia, él sonrió con moderación. —¿Cómo lo sabía? —Justine continuó desconfiada. —La vi conversando con esa señora el día en que la seguí hasta su apartamento. —Al levantarse, él acomodó su postura mientras explicaba. El guardia abrió la puerta, permitiendo que la señora entrara. Una sonrisa apareció en el rostro marcado por el tiempo cuando doña Laura vio a Justine. Le dio un abrazo apretado. —¿Cómo está mi niño? —indagó la voz crepitante de doña Laura después del abrazo. —¡Él está bien! —dijo Justine. —No para de hablar y ya está queriendo andar por la habitación. Doña Laura fue hasta la cama donde Bryan dormía. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver el yeso en la pierna y en el brazo del niñito. Aquel niño siempre estaba corriendo y jugando fútbol con la pelota. Ella se pasó la mano por el rostro cuando una lágrima se le escapó. —¡Él está bien, doña Laura! —Tocándole los hombros a la anciana, Justine la confortó. —Los médicos dijeron que su recuperación es bastante rápida. Mientras su exmujer tranquilizaba a doña Laura, el señor Harrison se perdía en sus memorias. Cuando niño, él también había roto su brazo cuando intentó saltar el muro de la escuela, pero terminó perdiendo el equilibrio y cayendo. Su padre estaba viajando y su mamá fue encargada de cuidarlo. Era tan bueno tenerla cerca y sentir el cariño y el cuidado materno. La idea de alejar al pequeño Bryan de su madre no pareció tan buena en aquel momento. —Gracias por haber mandado el jet para buscarme, señor Harrison —la voz arrastrada de la anciana interrumpió sus pensamientos. —¿La señora tuvo un buen vuelo? —¡Sí, señor! —Debe tener hambre —comentó Kevin. —Comí algunos maníes cuando estaba en el jet. —Justine y yo vamos a salir a tomarnos un café... —¿Vamos? —La mujer más joven entrecerró la mirada hacia su ex. —¡Sí! —afirmó Kevin, decidido. —¿Quiere una bebida caliente, doña Laura? —No quiero incomodar... —dijo la anciana, avergonzada. —¡Qué va, la señora siempre me ayudó... —La voz serena de Justine tejió el comentario. —Es como una abuela para Bryan. —Ahora, siéntese y descanse un poco —sugirió Kevin, indicándole la silla. —Justine y yo vamos a traer un mocachino y un croissant. —¡Gracias! —Doña Laura agradeció. Eran casi las siete de la noche cuando ambos dejaron la habitación. —¡Marco, venga con nosotros! —Kevin convocó a uno de los guardias. Justine caminó adelante mientras el señor Harrison cambiaba algunas palabras con los otros dos guardias que hacían la seguridad de la habitación de su hijo. El sonido de pasos conocidos resonó por los pasillos. Ella se dirigía a la cafetería del hospital cuando el hombre alto y musculoso la alcanzó. —Espere, señorita Justine. —No necesitamos andar juntos, yo sé el camino. —El señor Harrison me pidió que la llevara hasta el carro —le dio el recado Marco. —No voy a ir a ningún lugar, hay una cafetería en las dependencias del hospital. —El jefe quiere ir a otra cafetería de la ciudad. —No voy —negándose con vehemencia, Justine retomó su camino. Marco le tocó la muñeca esbelta abruptamente y se la llevó consigo. —¡Suélteme el brazo! —Ella intentó halar, pero el guardia ignoró sus protestas. —Suelte a la señorita Delacroix o el señor Harrison se va a enterar del abordaje truculento y de la forma en que usted la trató. —Calmadamente, Alessandro se limpiaba las gafas conforme hacía la amenaza. —¿Va a soltarla o va a esperar que llame al señor Harrison? —Se puso las gafas al preguntar. Enojado, Marco acató la orden del asistente del CEO. —Es mejor que vaya al coche, señorita Delacroix. —Alessandro sonrió. —El guardia la va a acompañar hasta allá, pero esta vez, él será gentil —le guiñó a Marco. El tono de la bravata incitó a Justine a seguir el camino contrario. Era mejor quedarse cerca de Kevin que ser obligada a soportar a Alessandro.






