Mundo ficciónIniciar sesiónEl rostro había asumido una máscara demoníaca cuando Kevin terminó de hablar con la directora del hospital. Sin demora, hizo una videollamada con su asistente.
Del otro lado de la línea, Alessandro contempló la cara del jefe. No necesitaba mucho para saber que el plan había sido descubierto. —¿Qué carajos estás haciendo? —La ronquera de Kevin reverberó por el ambiente. —¡No entiendo, señor! —Alessandro se acomodó las gafas, disimulado. —Acabo de hablar con la directora del hospital. Están trasladando a mi hijo a un hospital francés. —No pude evitarlo, señor. Justine firmó los papeles del traslado para el hospital en Lyon. —¿Por qué no me avisaste que mi ex está huyendo con mi hijo? —Kevin continuó disparando las preguntas. —¡Fue por culpa de su prometida, señor! —respondió el asistente entre cuchicheos. —¡Deje de enredarme, carajo! —Kevin se levantó abruptamente. —Estoy diciendo la verdad, señor. Justine le tiene miedo a Beatrice. Su exmujer aún no ha cedido la custodia porque su prometida estaba amenazando con meter a su hijo en un internado fuera del país. Kevin permaneció callado. Lidar con Beatrice era como pisar huevos. Había tenido tanto cuidado de no lastimarla, pero nunca pensó que su obsesión fuera tan peligrosa al punto de querer alejarlo de su hijo. Del otro lado, Alessandro veía el rostro transtornado de su jefe, que se acariciaba la barba mientras caminaba por la oficina. El asistente era lleno de astucias y sabía cómo engañar al jefe. Años atrás, él había manipulado a Kevin para deshacerse de Justine cuando ella rompió su acuerdo con el padrastro. No sería diferente con Beatrice. —¡Justine está con miedo, señor! —continuó Alessandro. La respiración de Kevin estaba entrecortada. La vena en el cuello le palpitaba. Al voltearse, le dio un manotazo a un portarretratos con la foto de Beatrice, arrojándolo contra el suelo. —Vigile a la madre de mi hijo y tenga cuidado para que no se escape —ordenó el CEO. Meneando la cabeza levemente, Alessandro asintió. Sin prolongar el asunto, Kevin colgó la llamada. Dominado por el odio, salió de la oficina. La sangre le hervía a medida que se dirigía por los pasillos. Apresurándose, subió los escalones hasta llegar al segundo piso y entrar en la suite principal. Ya en el clóset, revolvía cada una de las maletas de su prometida y las lanzaba lejos, descargando su rabia. Cuando abrió la última maleta, encontró el bolso con el celular y los documentos de su exmujer. Kevin sacó la identificación del hijo; sus ojos estaban rojos mientras leía la información de Bryan Delacroix. —¿Qué está pasando aquí? —La mujer, exasperada, miró alrededor de la alcoba. Sus ojos recorrieron el ambiente lleno de maletas esparcidas hasta que se posaron sobre su prometido. El pecho de Kevin subía y bajaba con la respiración agitada. No necesitó mucho tiempo para asimilar que su prometido encontró las pertenencias de Justine. —¡Puedo explicarlo, querido! —Beatrice fue hasta él, pero Kevin se apartó. —No se acerque a mí... —gritó, lleno de rabia. —A Justine se le olvidó el bolso en el hospital. Yo pensaba devolverlo, pero ella se fue a Turín. —¡Basta! —Elevó la voz. —¡Ya no más mentiras! —¡Estoy diciendo la verdad, querido! —dijo la voz llorosa. Dejando el documento del hijo con el bolso sobre el escritorio cerca de la pared, Kevin puso la mano sobre el tablero de madera. El dolor de la traición lo estaba desgarrando una vez más. —¡Mi amor, yo solo estaba guardando el bolso para devolvérselo a tu ex! —Tocando la espalda musculosa de su prometido, ella intentó justificarse. En súbito movimiento, Kevin se volteó, agarrando la muñeca vendada de Beatrice. En cuestión de segundos, llegó al pasillo. —¡Ay! —Ella gritó mientras él la halaba fuera de la suite. —Me está lastimando —se rehusó a seguir caminando. —¿Pensaste en eso cuando mandaste a tu secuaz a atacar a mi ex? —La mirada inquisidora la fulminó. Pasmada, Beatrice parpadeó sin parar; las palabras parecían faltarle. Estaba totalmente sin defensas. —Todo esto es una trampa de Justine, ella quiere separarnos... —¡Salga de mi casa! —El hombre trastornado gritó al señalar la escalera. —Por favor, Kevin. No me haga esto. —Váyase antes de que pierda el control y la mande a la cárcel por robo y secuestro —vociferó con los dientes apretados. —Justine se inventó todo esto, ella te está manipulando otra vez. No dejes que nos separe. Está celosa porque nos vamos a casar. —¡Se acabó! —declaró el señor Harrison, determinado. —¡Váyase! —No, no, no... la culpa es de esa ramera que te engañó. Nada de lo que Beatrice dijera podría calmar el odio que ardía en la sangre de aquel hombre. No era solo por Justine, sino por la amenaza que Beatrice significaba en la vida de su hijo. El sonido de pasos por las escaleras se apoderó del segundo piso. Luego, unos hombres surgieron para evaluar el perímetro. Al ver a la pareja, los dos guardias se quedaron callados. Creyendo que era solo una pelea de pareja, se voltearon para bajar. —¡Esperen! —Kevin los interrumpió. —¡Vigilen a esta mujer mientras alista sus cosas y después, llévenla fuera de mi casa! Me voy para Turín y no quiero ver a esta mujer aquí cuando regrese. —Después de dar la orden, el señor Harrison les dio la espalda. —Kevin, espera... —Beatrice intentó correr tras él, pero fue contenida por los guardaespaldas. —¡Kevin, Keeeviin! —Los gritos enloquecidos rompían la paz de aquella lujosa casa. No había ninguna emoción en el rostro del hombre que bajaba las escaleras. En la sala reservada del hospital en Turín, Justine estaba sentada en una mesa. Hacía casi una hora que la directora del hospital interrumpió el vuelo del helicóptero y la dejó esperando en aquel lugar. Era obvio que su exmarido ya había descubierto todo. Con lágrimas en los ojos, ella miró fijamente la mano sobre la mesa. Había acabado con la oportunidad de estar cerca de su hijo. Poniéndose de pie, ella fue hasta la puerta y abrió despacio solo para ver que era vigilada por los mismos policías que, hace poco, estuvieron con la directora del hospital en el helipuerto. —¿Desea algo, señorita Delacroix? —indagó el policía más bajo. —Quiero ver a mi hijo... —respondió en voz baja. —Espere un poco más, la señora Colombo y la asistente social ya vienen en camino... Los oídos de Justine captaron el ruido del tacón golpeando el piso vinílico. La directora del hospital sonreía para el hermoso hombre con la barbilla fuerte y la mandíbula del rostro pronunciada. Kevin se acomodó la solapa del blazer slim fit que moldeaba los músculos del cuerpo. Impávido, él encaró a su exmujer, que enseguida regresó a la sala. Después de que todos entraran y se acomodaran, la directora del hospital puso una carpeta sobre la mesa. Sacó una hoja y se la entregó a Justine. —Disculpe por el inconveniente, señora Delacroix —pidió la señora Colombo. —Como puede ver, este es el registro civil de nacimiento de Bryan, donde el señor Harrison consta como padre de su hijo —señaló los documentos en las manos temblorosas de Justine. La puerta se abrió y enseguida entró uno de los abogados del señor Harrison. —Buenas tardes a todos —saludó el abogado a los presentes. —Señorita Delacroix, su hijo necesita la autorización del padre para salir de este país. Sentado en el lado opuesto, Kevin observó a su ex con otra mirada. Ella era como un animalito acorralado que solo estaba intentando defender a su cría. —La disputa por la custodia de Bryan debe ser tratada conforme a las reglas del país donde el niño nació y reside, y no a las normas del país de la madre. Si sale del país antes de la sentencia del juez, la señora podrá ser condenada por secuestro. —¿Voy a ir a la cárcel? —La voz de Justine desapareció en un susurro y, como un cordero listo para el sacrificio, Justine lloró en silencio. —Déjenme a solas con la madre de mi hijo —solicitó Kevin. Cuando una gota de lágrima cayó sobre el nuevo documento de Bryan, ella soltó la hoja, dejándola sobre la mesa. Apenas todos salieron, Kevin se puso de pie y caminó por la sala, pensativo. —¿Puedo ver a Bryan? —Ella se puso de pie cuando su ex asintió con la cabeza. Secándose el rostro con la palma de las manos, ella intentó recomponerse, pero aún había un nudo en su garganta y una tristeza profunda. Examinándola, Kevin se frotaba las manos una contra otra, intentando controlar su instinto protector. —¡Espere! —Bloqueó su salida y, de repente, él la envolvió en el calor de un abrazo.






