El cristal de la ventana de la terraza estalló hacia adentro en una lluvia de fragmentos afilados. No fue el viento; fue una patada. Una patada impulsada por el terror absoluto y la adrenalina de un hombre que sabe que ha llegado segundos tarde.
Joe Kensington irrumpió en el salón del ático como una fuerza de la naturaleza. Llevaba la ropa empapada, las manos ensangrentadas por la escalada frenética por la escalera de incendios oxidada, y una mirada que prometía muerte.
La escena que encontró s