El sonido de la sirena no era un aullido de advertencia; era el ritmo frenético del pánico de Maxxine.
Dentro de la ambulancia, el mundo se había reducido a un espacio claustrofóbico de metal blanco, luces estroboscópicas y el olor penetrante a yodo y miedo. Maxxine Cavendish, la mujer que movía los mercados con una firma, estaba sentada en un banco lateral, inútil, con las manos manchadas de polvo del sótano y aferradas a la barandilla de la camilla.
Joe yacía frente a ella.
Bajo la luz clínic