El amanecer sobre Londres tenía el color del acero sucio. A través de los ventanales de piso a techo del piso 50, la ciudad parecía una maquinaria gris que empezaba a despertar, indiferente a las batallas que se libraban en las alturas.
Maxxine Cavendish llevaba en su oficina desde las cinco de la mañana. No había dormido, pero nadie lo diría. Su traje sastre color carbón estaba impecable, su cabello recogido en un moño tenso que estiraba sus facciones, y sus ojos, delineados con precisión quir