Aquella insistencia solo sirvió para que las sospechas de Lorena sobre Eduardo se afianzaran, volviéndose más agudas.
«Entonces, ¿no vino solo de visita? ¿Tendrá otras intenciones?»
La idea de que alguien se le acercara con dobles intenciones le resultaba intolerable, y su gesto, hasta entonces cordial, se transformó en seriedad absoluta.
Él notó el cambio en su semblante y su sonrisa vaciló, teñida de una incomodidad que apenas duró un instante. Se recompuso con rapidez.
—Tiene razón. De hecho,