Por más cara dura que fuera, Eduardo sabía que tenía que irse.
—Descanse, por favor. Ya vendré a verla en otra ocasión.
Lorena se limitó a asentir, sin molestarse en añadir nada más.
En cuanto comprendió que no llegó solo de visita, sino con un propósito claro, su interés en él se esfumó.
—Acompáñalo a la puerta, Valeria.
Encantada de obedecer, asintió con entusiasmo y lo acompañó hacia la salida.
Una vez afuera, él no pudo contenerse.
—¿Qué fue todo eso? ¿Qué le pasa a tu mamá?
—Vaya, ¿ya se te