En medio de la tensión, Laura rompió el silencio.
—Señor y señora Mendoza, sé que les he causado problemas. Lo siento, la culpa es mía. Me voy. No se preocupen, sé cuándo no soy bienvenida.
Al escucharla, Daniel entró en pánico.
—¡No!
Pero lo ignoró y, sin dudarlo, caminó hacia la puerta, pasando a su lado. Él no estaba dispuesto a dejarla ir. La sujetó del brazo, negándose a soltarla.
Sintió de nuevo esa angustia extraña. Tenía la certeza de que si la soltaba en ese momento, ella no volvería ja