Clara pasó tres noches sin poder dormir bien, no por ningún malestar del embarazo, sino por la manera exacta en que su mano seguía recordando la de Leonardo sobre el borde de la camilla, ese peso cálido que no había pedido y que ahora se negaba a soltar la memoria del cuerpo, incluso cuando la razón insistía en que había sido apenas un gesto, no una promesa.
No lo llamó al día siguiente. Tampoco al otro.
Se dijo a sí misma que estaba ocupada, que los proyectos con Nicolás requerían atención com