Clara despertó sin saber exactamente dónde estaba.
Tardó tres segundos en reconocer los lomos oscuros de los libros, la lámpara de mesa apagada y la luz grisácea que entraba por los ventanales de la biblioteca a una hora que aún no terminaba de ser mañana. Luego sintió el peso sobre sus hombros: una manta doblada con cuidado, extendida desde la nuca hasta las rodillas, colocada encima de ella sin despertarla.
No era la manta de la biblioteca.
Era la de Leonardo.
La había visto varias veces en e