La biblioteca a las once de la noche tenía una luz distinta a la del día.
Las lámparas de mesa proyectaban círculos cálidos sobre los lomos de los libros y el resto quedaba en penumbra, un tipo de oscuridad doméstica que no asustaba, sino que recogía. Clara llegó con una taza de té y sin cuaderno. Fue una decisión deliberada. No quería tomar notas, no quería convertir la conversación en algo que después pudiera releer, analizar o corregir. Algunas cosas necesitaban pasar sin red, precisamente p