Celeste Andrade tenía un talento específico que Clara había tardado en identificar con precisión: no atacaba cuando las cosas iban mal.
Atacaba cuando empezaban a ir bien.
Apareció en la mansión el martes por la tarde, sin invitación visible, con la comodidad de quien conocía los horarios de una casa mejor que algunas personas que vivían en ella. Elena la recibió con la discreción de siempre y la dejó en el salón principal, el único espacio de la mansión donde Celeste no entraba como si le pert