El perfume de Isabela quedó sobre el tocador como una presencia que nadie había invitado.
Clara no lo abrió.
Después de que Celeste Andrade lo dejara en la biblioteca con esa sonrisa delicada y venenosa, Leonardo no había dicho nada. Se había quedado inmóvil, con la mirada fija en el pequeño frasco de tapa dorada, como si el aroma todavía cerrado hubiera alcanzado para arrastrarlo a un recuerdo que no quería compartir. Clara no le preguntó si era cierto. No quería saber si lo había comprado en P