Regina Rivas llegó a la mansión a media mañana del día siguiente sin avisar.
Eso ya era una declaración.
Traía a Tomás detrás, callado como siempre, con esa forma específica de ocupar el espacio que tienen los hombres que llevan décadas existiendo dentro del silencio de otra persona y ya no recuerdan cómo sería distinto. Regina vestía de gris, con el cuello alto y esa expresión que Clara reconocía desde niña: la que usaba cuando ya había tomado una decisión y solo necesitaba que alguien la conf