Cuarenta minutos.
Clara no los contó mirando el reloj. Los contó por otras señales: el sonido del jardín afuera cambiando de luz, la sombra en el suelo de la habitación azul moviéndose unos centímetros, una bandeja que Elena subió a las cinco con el té que nadie había pedido pero que traía cuando entendía que alguien necesitaba una razón para no bajar todavía.
Cuarenta minutos con la puerta de la biblioteca entornada.
No cerrada con pestillo, como Leonardo había prometido. Pero tampoco abierta