Isabela no alzaba la voz.
Eso era lo más peligroso de ella. No necesitaba hacerlo. Tenía una manera de pronunciar las palabras que hacía que cada frase llegara envuelta en fragilidad y aterrizara como territorio marcado. Clara la había observado durante tres días y ya había mapeado el patrón: primero la frase suave, luego el recuerdo íntimo que nadie más podía reclamar, luego el silencio que pedía que el otro llenara el espacio y se incriminara o se retirara.
Era una habilidad. Clara la reconoci