Leonardo salió de la biblioteca cuarenta y tres minutos después.
Clara no estaba esperándolo en el pasillo.
Esa fue la primera decisión que tomó por sí misma esa tarde. No quedarse frente a la puerta como una esposa desplazada, no caminar de un lado a otro hasta que la ansiedad le gastara los talones, no permitir que Isabela volviera a convertirla en la mujer que espera afuera de una conversación importante. Estaba en la habitación azul, sentada junto al ventanal con el cuaderno cerrado sobre la