El pequeño Leo era, sinceramente, un amor de persona. Tenía una sonrisa maravillosa que iluminaba los rincones fríos del ático y un carisma inigualable que me hacía olvidar, por momentos, el torbellino de traiciones que me había traído hasta aquí. Los días pasaban más rápido de lo que creía. Cada mañana, al verlo agitar sus pequeñas manos en la cuna de madera oscura, me sentía más cerca de él. Estar lejos de la oficina, del aire viciado por la envidia de Débora y la presencia asfixiante de Ben