El eco de mis tacones contra el mármol de la entrada de la mansión sonaba como disparos en medio del silencio absoluto. El aire estaba cargado de una electricidad estática que me erizaba los vellos de la nuca. Al entrar al salón principal, vi a Christian.
Estaba de pie frente al ventanal, con la espalda rígida y las manos entrelazadas detrás de él. Sobre la mesa de centro, su teléfono brillaba con la pantalla encendida.Caminé hacia el centro de la estancia. Él no se giró, pero sentí su mirada