El pitido del monitor cardíaco en la habitación 404 se volvió un sonido de fondo, menos aterrador que el silencio que lo precedió. El olor a antiséptico me picaba en la nariz mientras observaba a Leo. El bebé se movía espasmódicamente bajo la manta blanca, pero su llanto ya no era el grito desgarrador que nos recibió al entrar.
La enfermera, una mujer de mediana edad con el rostro surcado por la rutina, ajustó el goteo y se giró hacia nosotros. Su expresión era tranquila, despojada de la urge