Bajé a la cocina de la mansión. Christian ya estaba allí, sentado frente a su café negro. Al escuchar mis pasos, levantó la vista. Sus ojos me recorrieron, buscando la calidez que habíamos compartido la noche anterior antes de que los mensajes de Benjamín llegaran a mi teléfono.
—No desayunaste —dijo él. Su voz era baja, marcando una preocupación que no lograba ocultar—. Te ves agotada, Paula.
—Estoy perfectamente, Christian —respondí. No lo miré. Me serví una taza de café y mantuve la espalda