La gala seguía su curso. El ático bullía con el sonido de las risas refinadas y el choque de las copas de cristal de Baccarat. Yo estaba de pie junto a Christian, con su mano firme sobre mi cintura, una presión que hasta hace unos minutos me hacía sentir protegida. Sonreí para una cámara réflex que disparó un flash cegador. En ese preciso instante, el teléfono en mi bolso vibró tres veces.
Aproveché que un inversionista de la industria textil abordó a Christian para alejarme hacia uno de los ve